“Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, 6 el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, 7 para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:5-7).
Tito estaba en Creta sirviendo en la iglesia, y Pablo le escribe esta epístola.
En los capítulos 1 y 2, da instrucciones de cómo comportarse, les indica todo lo que tienen que hacer, les manda a que hagan multitud de obras (Requisitos para ancianos y supervisores, obediencia, etc.)
Dice los versículos 3:5.7, y posteriormente continúa dando instrucciones de cosas que tienen que hacer.
Estos versículos, en medio de la necesidad de hacer obras son claves, ya que quiere separar las obras de la salvación.
Hace muchos años hice un curso llamado Evangelismo Explosivo, en realidad eran varios cursillos, yo los hice todos menos uno, que era el que estaba destinado a personas que iban a quedarse trabajando en el ministerio.
En el cursillo, se nos indicaba que para presentar el evangelio se inicie con las dos preguntas de diagnóstico:
Primera pregunta; «Si usted muriera hoy y se presentara ante Dios, ¿estaría seguro de que iría al cielo?».
Segunda pregunta: «Supongamos que esta noche usted muere y Dios le pregunta: ¿Por qué causa debería dejarle entrar en mi cielo?, ¿qué le respondería?».
La pregunta que hemos de hacernos es: ¿Que salva?
Es este pasaje vemos que no el mérito humano, no es la religión, no es por esfuerzo propio.
Salva la misericordia de Dios.
La salvación no se compra, no se merece y no se conquista. Es un acto de la misericordia de Dios.
1.- “Nos salvó”.
No dice: nos salvará, lo pone en el pasado.
No dice: Nos salvamos, no depende de nosotros.
Nosotros no podemos salvarnos a nosotros mismos, porque antes de convertirnos estábamos muertos espiritualmente, éramos esclavos del pecado, estábamos separados de Dios.
2.- “No por obras de justicia”.
Las obras de justicia, se refiere a: los esfuerzos morales, las prácticas religiosas, la obediencia externa, o cualquier intento humano de ganar el favor de Dios.
El mérito humano no es suficiente para la salvación. No son ni las buenas obras, ni los méritos éticos.
El problema del hombre no es solo la conducta, es la condición del corazón. (caso del enfermo).
Podemos parecer buenos, hablar muy bien, tener religión, venir a la iglesia, pero necesitamos la salvación.
3.- “Por su misericordia”.
Misericordia es que Dios no nos da el castigo que nos merecemos.
Misericordia es el amor compasivo de Dios hacia personas que merecían juicio.
Es una amnistía. (Proviene del griego “amnestía”, que literalmente significa «olvido»).
No merecemos el perdón, pero por el amor de Dios se nos perdona.
4.- “Por el lavamiento de la regeneración”.
Esto significa el nuevo nacimiento, la nueva naturaleza, la nueva vida hecha por Dios.
El evangelio no maquilla, nos hace nuevas criaturas, nos transforma desde dentro.
El evangelio cambia pensamientos, cambia deseos, cambia prioridades, cambia dirección.
Jesús le dice a Nicodemo: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. 7 No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:3-7).
Dios no solo salva, después comienza la transformación.
5.- “Por la renovación del Espíritu Santo”.
El Espíritu Santo fortalece, corrige, santifica, guía.
La renovación es un nuevo nacimiento, una transformación.
La renovación ocurre en la conversión, pero también es una obra progresiva del Espíritu Santo.
Testimonio
En Argentina, Marcos, creció en una iglesia en los suburbios. Tenía 19 años y durante un retiro tuvo un encuentro con Dios, se convirtió, y durante tres años fue el líder de los jóvenes de la iglesia.
Predicaba en las calles, estudiaba la Biblia, oraba fielmente, y era un cristiano fiel.
Sin embargo, todo comenzó con un éxito profesional, consiguió empleo en una agencia de publicidad de alto nivel, y poco a poco, las reuniones de los miércoles de la iglesia fueron sustituidas por cenas de negocios, y los domingos, estaba tan cansado que en muchas ocasiones, en vez de ir a la iglesia los dedicaba a descansar, se iba a una casa que se había comprado en la montaña.
Poco a poco dejó de orar, luego dejó de leer la Biblia, en unos dos años Marcos ya vivía como un mundano más, aunque de vez en cuando iba a la iglesia.
Consumía alcohol de manera habitual, pecaba sexualmente, y se hizo adicto al juego.
Sin embargo, cuando visitaba su familia, continuaba hablando el lenguaje cristiano.
Una mañana de domingo, tras una noche de excesos, se sintió solo, se miró al espejo y no reconoció al hombre que veía.
Esa mañana fue a la iglesia se sentó en la última fila, esperando pasar desapercibido. Cuando empezó la adoración no pudo cantar, solo podía llorar.
Buscó a los pastores, les confesó su doble vida, y se sometió a un proceso de restauración.
Renunció a las malas amistades y entornos que le llevaban al vicio.
En la actualidad Marcos dirige en la iglesia un ministerio de restauración de adictos.
Dios es un Dios de segundas oportunidades, y de vidas transformadas.
Entonces ¿podemos vivir de cualquier manera?
Cuidar la salvación.
Marcos había sido salvo, pero se había apartado de los caminos de Dios, por eso el Señor nos dice: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12).
La salvación hay que cuidarla, es el tesoro más grande que un ser humano puede tener, pero puede tirarse a la basura.
En el libro de Hebreos se nos dice: “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (Hebreos 10:29).
Hubo un sacrificio perfecto y definitivo, el de Jesús en la cruz.
1.Pisoteare al hijo de Dios. – Pisotear es tratar lo santo como si no tuviera valor, es rechazar deliberadamente la autoridad de Jesús, es renegar de lo de Dios después de haberlo conocido.
2.Tener por inmunda la sangre del pacto. – Verla como algo normal, común, despreciar la obra de Jesús en la cruz.
En la mentalidad hebrea, la sangre del pacto era muy importante: “Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (Éxodo 24:7).
La sangre del pacto era el acuerdo que Dios estableció con su pueblo, mostraba la fidelidad de Dios.
Tener por inmunda la sangre del pacto es menospreciar lo de Dios, es tenerlo por poco.
3.Afrenta al Espíritu de Gracia. – Al Espíritu Santo se le llama Espíritu de gracia, porque salva, convierte de pecado, revela a Cristo, comunica el perdón de Dios.
Testimonio
En la segunda guerra mundial, antes de que los nazis invadieran Praga, el inglés cristiano, Nicolás Winston, tuvo noticias de cientos de niños judíos que iban a morir bajo el nazismo.
Sus familias no tenían recursos, ni contactos ni manera de escapar.
Winton, un joven corredor de bolsa actuó, organizó documentos, consiguió hogares adoptivos, pagó el transporte y logró sacar a 669 niños antes de que comenzara la invasión.
Los niños no podían pagarse el rescate, eran pequeños, indefensos, su salvación dependió de alguien que decidió intervenir por gracia.
“Para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (V.7).
Justificados por su gracia. – Somos declarados inocentes a pesar de nuestros pecados, por su misericordia, por su amor.
Herederos. – No solo nos perdona, sino que nos regala lo de Él, nos hace herederos.
Esperanza de la vida eterna. – Somos perdonados y tenemos vida eterna.
Vamos a estar por la eternidad con Dios.
Fulton J. Sheen dijo:
“Tengo la certeza de que habrá tres sorpresas en el cielo:
En primer lugar, podré ver a algunas de las personas que no esperaba ver.
Segundo, muchos a quienes esperaba ver no estarán allí.
Y, mayor sorpresa de todas es que yo estaré allí también”.
Es una sorpresa, pero es una realidad.
